Amor en la distancia, en la época de los años cincuenta.

En un mundo de pantallas encendidas y teclas que murmuran mensajes instantáneos, donde las palabras viajan a la velocidad de la luz y se desvanecen con un clic, encontrarnos con cartas manuscritas de amor es como tropezar con una luciérnaga en medio del neón.

Es descubrir, entre códigos invisibles y notificaciones fugaces, la huella temblorosa de una mano que se detuvo a sentir antes de escribir. La tinta —ligeramente irregular, a veces más intensa, a veces casi susurrada— late como un corazón sobre el papel. Cada curva de las letras guarda una respiración, cada mancha mínima es una emoción que no quiso esperar a secarse.

En la era de lo inmediato, esas cartas son pequeñas rebeliones de tiempo: pliegues que guardan perfume, silencios doblados en cuatro, palabras que no llegaron por algoritmo sino por latido. Son la prueba tangible de que alguien se sentó, pensó en otro cuerpo ausente, y dejó que su pulso guiara la confesión.

Leerlas es como escuchar un susurro antiguo en medio del ruido digital: un recordatorio de que, incluso rodeados de pantallas, seguimos necesitando el temblor humano de la tinta sobre el papel para creer que el amor es real.

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Postales enviando amor

En un mundo de pantallas encendidas y teclas que murmuran mensajes instantáneos, donde las palabras viajan a la velocidad de la luz y se desvanecen con un clic, encontrarnos con cartas manuscritas de amor es como tropezar con una luciérnaga en medio del neón.

Es descubrir, entre códigos invisibles y notificaciones fugaces, la huella temblorosa de una mano que se detuvo a sentir antes de escribir. La tinta —ligeramente irregular, a veces más intensa, a veces casi susurrada— late como un corazón sobre el papel. Cada curva de las letras guarda una respiración, cada mancha mínima es una emoción que no quiso esperar a secarse.

En la era de lo inmediato, esas cartas son pequeñas rebeliones de tiempo: pliegues que guardan perfume, silencios doblados en cuatro, palabras que no llegaron por algoritmo sino por latido. Son la prueba tangible de que alguien se sentó, pensó en otro cuerpo ausente, y dejó que su pulso guiara la confesión.

Leerlas es como escuchar un susurro antiguo en medio del ruido digital: un recordatorio de que, incluso rodeados de pantallas, seguimos necesitando el temblor humano de la tinta sobre el papel para creer que el amor es real.

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Proyecto, historia de Vida.

Dedicado a Aurora Domènech Mendez, residente del Casal de la Santa Creu, L’Esquirol.

Resumir toda una vida en unas fotografías no es tanto explicarlo todo, sino capturar la esencia. No se trata de cantidad, sino de significado.

Fotografías que definen esta vida?

¿Qué valores la representan? (amor, superación, familia, creatividad, aventura…)

Qué sentimiento transmite

Miradas sinceras

Risas espontáneas

Abrazos

Momentos cotidianos con significado

Sonrisas

Conexiones con otras personas

Momentos que reflejen su manera de ser

Más que cronología, busca emoción.

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CÓMO MANEJAR LAS PREOCUPACIONES DEL DÍA A DÍA.

Preocuparse es algo natural. Todas las personas, sin importar nuestras características, edad o género tenemos pensamientos que nos rondan la cabeza.

La mente humana está diseñada para buscar posibles peligros. Esa búsqueda de preocupaciones en la prehistoria nos salvaba la vida: había que estar atento a los animales, el clima, la comida, …

Hoy vivimos en un mundo más seguro, pero nuestra mente sigue funcionando igual. Aunque estuviéramos solos en medio de un monte, sin obligaciones y sin nadie alrededor nuestra cabeza encontraría algo de qué preocuparse: “¿Y si llueve?”, “¿si me pierdo?” … Esto no significa que haya un peligro real, sino que nuestro cerebro está haciendo su trabajo. Es como un “radar” que nunca se apaga.

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Por Esmeralda Cambero, Psicóloga residencia Santa Cruz, Logroño.

Preocuparse es algo natural. Todas las personas, sin importar nuestras características, edad o género tenemos pensamientos que nos rondan la cabeza.

La mente humana está diseñada para buscar posibles peligros. Esa búsqueda de preocupaciones en la prehistoria nos salvaba la vida: había que estar atento a los animales, el clima, la comida, …

Hoy vivimos en un mundo más seguro, pero nuestra mente sigue funcionando igual. Aunque estuviéramos solos en medio de un monte, sin obligaciones y sin nadie alrededor nuestra cabeza encontraría algo de qué preocuparse: “¿Y si llueve?”, “¿si me pierdo?” … Esto no significa que haya un peligro real, sino que nuestro cerebro está haciendo su trabajo. Es como un “radar” que nunca se apaga.

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