Por Esmeralda Cambero, Psicóloga residencia Santa Cruz, Logroño.

Preocuparse es algo natural. Todas las personas, sin importar nuestras características, edad o género tenemos pensamientos que nos rondan la cabeza.
La mente humana está diseñada para buscar posibles peligros. Esa búsqueda de preocupaciones en la prehistoria nos salvaba la vida: había que estar atento a los animales, el clima, la comida, …
Hoy vivimos en un mundo más seguro, pero nuestra mente sigue funcionando igual. Aunque estuviéramos solos en medio de un monte, sin obligaciones y sin nadie alrededor nuestra cabeza encontraría algo de qué preocuparse: “¿Y si llueve?”, “¿si me pierdo?” … Esto no significa que haya un peligro real, sino que nuestro cerebro está haciendo su trabajo. Es como un “radar” que nunca se apaga.
Pero algunas estrategias sencillas nos pueden ayudar:
- Preguntarnos: “¿Puedo hacer algo ahora mismo para solucionar esto?”
No todas nuestras preocupaciones son iguales, lo primero es distinguir si eso que nos preocupa es útil o inútil (todo aquello a lo que le damos vueltas sin poder hacer nada al respecto).
- Hablar con alguien.
A veces no necesitamos una solución a los problemas, solo sentirnos acompañados y escuchados. Compartir nuestras preocupaciones con alguien cercano puede aliviar mucho.
- Marcar un “tiempo” para preocuparnos
Reservar un momento del día para pensar deliberadamente en eso. Por ejemplo: “voy a reservar unos minutos después de comer para pensar en este problema”. Curiosamente muchas preocupaciones se sienten más pequeñas cuando llega el momento.
- Relajarnos
Utilizar técnicas que nos funciones para rebajar la tensión:
- Respiraciones: Inspirar contando hasta 3, mantener un poco el aire y soltar contando hasta 4. Repetir
- Relajar el cuerpo por partes. Apretar y soltar diferentes zonas.
- Mirar un objeto durante unos segundos. Elegir cualquier objeto que tengamos a mano y mirarlo con atención durante 30 segundos fijándonos bien en sus colores, formas, detalles.
- Nombrar 5 cosas que podamos ver, 4 que podamos oír, 3 que podamos tocar y una que podamos oler.
- Cuidar nuestras rutinas:
Mantener nuestros horarios de manera regular, participar e implicarnos en ellas ayuda a la mente a protegerse del exceso de preocupación.
- Recordar lo que sí está en nuestra mano.
Centrarnos en lo que sí depende de nosotros y nosotras, aunque sea algo muy simple disminuye nuestro agobio. Por ejemplo:
- Elegir en qué participar hoy.
- Decidir a quién pedir ayuda si algo me preocupa
- Cuidar mi cuerpo paseando, estirando, bebiendo, …
Son decisiones simples que nos devuelven la sensación de control y calma

